Las dos grandes penas de los hombres:


Cuando tienen fuerza,
su poder económico no acompaña;
cuando tienen confianza,
ya han perdido la energía de antes.
Las dos grandes penas de las mujeres:
Cuando son ingenuas e inexpertas,
no saben cómo agarrar la luz que desean;
cuando han pasado mil velas,
esa luz ya no está en el mismo lugar.
Resulta que en este mundo,
no es que alguien tenga más penas,
sino que siempre en el momento correcto,
perdemos a nuestro yo que “encaja”.
La primera mitad de la vida intercambiamos la vida por dinero,
la segunda mitad usamos el dinero para prolongar la vida;
de jóvenes, con dignidad,
de viejos, solo quedan suspiros.
Al final,
¿quién no lleva consigo una carga de penas,
y avanza lentamente?
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